Estudiaba y trabajaba los veranos para ir tirando. Un día me compré un coche más ostentoso de lo que podía permitirme. Mi padre me miró y me dijo: "¿Y ahora cómo lo vas a pagar?" Esa pregunta me cambió la vida.
Entré en Mercadona para pagarlo. Trabajaba de noche mientras estudiaba de día. Meses después, un responsable de tienda se fijó en mí y me dio la primera oportunidad: responsable de turno. Ahí empezó todo.
Me pasaron a logística. Y ahí aprendí lo que es una operación de verdad. Donde el minuto cuenta. Donde el servicio está por encima de todo, sí, de todo. Y donde garantizar es vital. Más de 200 tiendas dependiendo de que todo funcione. Sin margen para el error. Ahí entendí que las organizaciones se sostienen o se rompen en los detalles que nadie mira cuando todo va bien.
Después vino expansión. No era abrir por abrir. Era decidir dónde, cómo y por qué. Con grandes inversiones y con decisiones que no podían fallar. 17 operaciones en un año. 49 en total. Un bloque logístico de más de 250.000 metros cuadrados. Pero lo importante no eran los números. Era que cada decisión marcaba lo que venía después. Cuando eres el primero en llegar, defines cómo se hacen las cosas. Y eso pesa. Y marca el destino del resto.
Luego llegó liderar equipos. Más de 30 directivos. Perfiles distintos. Situaciones distintas. Ahí entendí que delegar no es desaparecer. Cuando llevas tanto, tienes que confiar. Pero sin dejar de estar. Ese equilibrio es exigente. Mucho esfuerzo físico. Y mucho esfuerzo mental.
Años más tarde algo distinto. No ejecutar, sino definir. Definir cómo debía hacerse la expansión. Crear los criterios, los estándares, la forma de decidir para que el resultado no dependiera de quién lo hacía. Porque cuando defines el modelo, defines lo que va a pasar después. Y cuando te equivocas ahí, el error se replica.
También cometí errores. Durante años tuve demasiado ego. Tomaba decisiones con criterio, pero no siempre escuchaba como tocaba. Me perdí información que estaba ahí, en conversaciones que no tuve. Aprendí que las decisiones importantes no las toma el capital. Las hacen posibles las personas. Y aprendí algo más incómodo: no hacer también es una decisión. Cuando no actúas, la realidad sigue avanzando sin ti.
Después vino Enrique Tomás. Un paso corto, pero con otra perspectiva. La del empresario que ha construido algo propio y tiene que defenderlo cada día.
Luego ESADE. Entré para aprender, pero sobre todo para actualizarme. Para compartir y entender cómo piensan los nuevos líderes. Ver qué ha cambiado y qué no. Porque cuando llevas muchos años tomando decisiones, el riesgo no es no saber. Es dejar de cuestionarte.
Y hoy estoy aquí. No como el típico consultor que llega con un marco teórico. Sino como alguien que se pone al lado, delante o detrás de un empresario, un CEO o un director general para ayudarle a decidir, corregir y liderar su organización.
Todo lo que un empresario vive —o va a vivir— probablemente yo ya lo he vivido. Los aciertos. Los errores. La presión de decidir. El momento en que la empresa crece más rápido que la estructura. El día en que te das cuenta de que el problema no está fuera.
Ya he estado ahí. Por eso puedo acompañarte.